Yo si creo en los espiritus malo que se pueden posesionar *en una persona *de debil fe o que entran al arte de las ciencias ocultas sin concimiento alguna, ni porteccion, *claro que en la pelicula el exorcista *tienen *que darle un toque de espelunante terror, *demasiada sangre etc. *Yo fui *a un *misa carismatica de sanacion en el santuario de guadalupe *aqui en monterrey, nos encontrabamos varias personas enfrente del altar porque el sacerdote nos iba a imponer las manos para orarnos a cada una de las personas que nos encontrabamos enfrente, *habia una chica de 16 años a mi lado, el padre iba pasando *tocandonos a cada uno con un cristo que tenia como baculo el, cuando toco a la chica empezo a convulsionarse en el piso parecia que le estaba dando un ataque, de repente se sento y empezo a vomitar baba espumosa sus ojos estaban en blanco, y cayo otra vez *empezo a convulsionar *el padre *estaba orandole y ella mas se agitaba, los del grupo espiritual la cargaron y se la llevaron al cuarto *de oracion y donde se encontraba el santisimo(hostia consagrada), * *estuvieron el grupo en oracion por ella y empezo a gritar tan fuerte que retumbaba en todo el santuario. A todos los que estabamos en la iglesia nos digieron que nos concentraramos en nuestras oraciones y que hiciera caso omiso a lo que oyeramos. Cuando se termino la misa la chica se encontraba en descanso muy tranquila parecia como dormida. Ya que la oracion de todos fue muy fuerte ya que nos encontrabamos muchas personas y se libero la muchacha de sus demonios. En este tipo de retiros o misas ves cada cosa que si afirmo que existe los demonios malos.</p>
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AQUI ENCONTRE UNA HISTORIA *<font size="2">padre José Antonio Fortea, párroco de 33 años de Nuestra Señora de Zulema sobre un exorcismo.</font></p><font size="2">
<font class="css000000smwb" size="4">José Manuel Vidal, "El exorcismo que yo viví* en Madrid", El Mundo, 22.IX.02</font></p>
<font class="css000000sx">EXORCISMO / MARTA, LA POSEIDA
- «Hic est dies » (éste es el dí*a), dice el exorcista con el crucifijo en la mano.
-No, responde una voz ronca de hombre que sale de la garganta de la posesa, una preciosa chica de 20 años.
- «Exi nunc, Zabulon », (sal ahora, Zabulón), repite el sacerdote.
-No.
- ¿Por qué no quieres salir?
-Para servir de testimonio.
- ¿De testimonio de qué?
-De que Satanás existe.
Se corta la tensión en el ambiente penumbroso de la capilla. Satán luchando contra Dios. Una batalla a la que asisto atónito y en primera fila por primera vez en mi vida. «Esta debe de ser la razón por la que me invitó a presenciar el exorcismo. El diablo quiere publicidad », pienso en medio del shock. Mi mente gira a toda velocidad. Estamos en el clí*max de un ritual que, hasta ahora, no encajaba en mis esquemas. Y eso que en el seminario los curas siguieron alimentando mi miedo infantil al Maligno, siempre dispuesto a tomar posesión de un alma. Después del Concilio Vaticano II, el dogma de la existencia del diablo pasó a ser una «parte vergonzosa de la doctrina » y, como tantos otros católicos, también yo prescindí* de ella.
El exorcista, José Antonio Fortea, párroco de Nuestra Señora de Zulema, está exhausto. Y eso que sólo tiene 33 años. Pero lleva ya más de una hora luchando, crucifijo en ristre, contra Satanás. Marta (nombre ficticio de la posesa), en cambio, se encuentra tan fresca como al principio y no deja de rugir, bufar, revolverse y agitar su cuerpo como un resorte. Con una fuerza inusitada para una chica de 20 años, más bien menudita y de rasgos dulces. Son las 12,30 de la mañana de un dí*a cualquiera y llevo hora y media presenciando un exorcismo.
Un par de dí*as antes, recibí* en mi móvil una llamada especial. Especial no por ser de un cura (recibo muchas), sino por ser de un exorcista católico (hay un par de ellos en España) que suelen mantenerse muy alejados de los periodistas. Quiere invitarme a presenciar un exorcismo. Me quedé de piedra. Asistir a un exorcismo oficiado por un sacerdote autorizado por el Vaticano es un auténtico caramelo para alguien especializado en información religiosa. Hasta ese momento y a pesar de llevar más de 20 años en la profesión, lo íºnico que habí*a conseguido fue entrevistar al exorcista oficial de Roma, el padre Gabriel Amorth. Ya entonces, al dedicarme su libro habí*a escrito: «A José Manuel, con mi gratitud y con la advertencia de no tener jamás miedo del diablo ».
Confieso que por miedo decidí* devolverle la llamada al padre Fortea y pedirle que dejase venir conmigo a un compañero de la agencia EFE, también especialista en información religiosa. Aceptó. Nerviosos, el dí*a señalado nos desplazamos en coche hasta la diócesis de Alcalá. Era un dí*a radiante. Llegamos a la parroquia con mucha antelación. Cuestión de prepararse psicológicamente.Por el camino, bromitas y nervios. El exorcista nos habí*a citado en su parroquia, una iglesia moderna, de ladrillo rojo, situada entre pinos. El interior, sencillo y limpio. Con un retablo y una gran cruz en medio. En un lateral, la pila del agua bendita con una inscripción: «El agua bendita aleja la tentación del demonio ».
A las 10,30, el exorcista sale del templo y viene a nuestro encuentro.Es alto y delgado. Lleva gafas y una barbita bien recortada.Su aspecto impone. Quizá, por relacionarlo con su profesión de echador de demonios. Embutido en una sotana de un negro inmaculado, su tez blanquecina y su frente despoblada todaví*a resaltan más. Nos invita a dar un paseo para ponernos en antecedentes del caso.
SIETE DEMONIOS
«No soy ningíºn showman ni quiero publicidad. Si estáis aquí* es porque os necesito para liberar a la chica. Tendréis que ser muy prudentes. No podréis dar pista alguna que permita la identificación ni de la muchacha ni de su madre. Preferirí*a que tampoco me nombraseis a mí*, pero acepto ese sacrificio en aras de una mayor credibilidad.Pero sólo Dios sabe lo que me cuesta y los problemas que me puede acarrear. Y no tengáis miedo. A vosotros no os pasará nada ».Insiste en la seriedad del tema. Asegura que en el Antiguo Testamento aparece 18 veces la palabra Satán. Y en el Nuevo Testamento, 35 veces la palabra diablo y 21 la palabra demonio. El propio Jesíºs hizo muchos exorcismos o lo que los Evangelios llaman «expulsar demonios ». Fortea recuerda también que Juan Pablo II ha realizado al menos tres exorcismos reconocidos y advierte que la creencia en el diablo constituye uno de los pocos rasgos comunes a la práctica totalidad de las religiones. «Es el punto ecuménico por excelencia ». Aprovecha para hacer un pequeño repaso por las distintas religiones y épocas históricas y las diversas teorí*as.Sigo mostrándome incrédulo. Me da la sensación de que trata de condicionarnos buscando justificaciones en la Historia.
Para hacerlo aterrizar en lo concreto, le preguntamos detalles del caso. Nos cuenta que se trata de un chica poseí*da por siete demonios. Que ya expulsó a seis, pero que el íºltimo se resiste. «Se llama Zabulón, es un diablo casi mudo pero muy inteligente.Su nombre ya sale en la Biblia. Siempre queda el jefe para el final. Llevo ya 16 sesiones y todaví*a no he conseguido expulsarlo, cuando en los casos más normales, basta con dos o tres ». No quiere dar más detalles de la endemoniada. Sólo dice que vendrá acompañada por su madre, «que es una santa », y que la posesión se debió a un hechizo que le hizo una compañera de instituto, a los 16 años. «En una de las primeras sesiones le pregunté cómo habí*a entrado y me respondió un nombre que yo no conocí*a. Su madre me dijo que era una compañera de clase, que habí*a invocado a Satán para hacer un hechizo de muerte contra ella. Y de hecho, primero estuvo graví*sima y a punto de morir. Una vez que sanó, comenzaron los fenómenos raros ».
Desde entonces, su madre empieza a detectar cosas raras en su hija: muebles que se mueven, objetos que se rompen y, sobre todo, una inquina especial hacia los objetos religiosos, cuando era de misa dominical. Hasta que un dí*a, de noche, oye ruidos extraños, se levanta y, cuando abre la puerta de la habitación de su hija, la ve sobre la cama, levitando.
Como no quiere perder a su íºnica hija, comienza a buscar remedios.Habla con el párroco, que la remite a dos famosos psiquiatras.Pero ambos diagnostican que la chica es absolutamente normal. Ninguna explicación cientí*fica para los constantes dolores de cabeza que torturan a su hija. Y entonces, Marí*a (nombre ficticio de la madre), a sus 60 años, se lanza a la bíºsqueda de un exorcista.Recorre casi todas las diócesis españolas. Ningíºn obispo quiere saber nada de su caso. Está ya dispuesta a trasladarse con ella a Italia a ver al padre Amorth, cuando le hablan de un exorcista español que acaba de salir en la tele porque ha publicado un libro, Demoniacum, sobre los exorcismos.
En ese instante vemos llegar un taxi. «Son ellas », dice Fortea. Marí*a, la madre, es pequeña, delgada. Su mirada es todo dolor: «Creo en Dios y sé que, tarde o temprano, liberará a mi hija de las garras de Zabulón. Llevo cinco años de calvario. No lo sabe nadie de mi familia. Ni mis hermanos », confiesa. Marí*a es viuda y, cada vez que se desplaza desde su casa a la cita con el exorcista (prácticamente, una sesión por semana), tiene que inventarse alguna excusa. «No lo entenderí*an y no quiero que mi hija quede marcada para siempre ».
EL RITUAL
A su lado, Marta sonrí*e tí*midamente. Pequeña, de grandes ojos negros, un poco tristes, tiene la cara picada de una mala adolescencia.Pelo negro, recogido en una coleta. Los labios gruesos y sin pintar, aunque contraí*dos en una mueca casi de dolor. Lleva unos vaqueros, un niqui azul cielo de manga corta y cuello alto y unos zapatos negros. Es guapa. Sus ojos llaman la atención, pero más que timidez desprenden miedo, mucho miedo. Me parece una chica de lo más normal que, nos cuenta, estudia Matemáticas en la Universidad. «Es imposible que esté poseí*da », pienso para mis adentros.
El padre Fortea abre la capilla, en los bajos de su parroquia donde dice misa a diario, y vuelve a cerrar con llave por dentro.Es pequeña, acogedora. Dentro, penumbra y silencio absoluto. Fuera, un sol radiante. El exorcista pide ayuda para transportar una colchoneta forrada de plástico verde, grande y pesada, para colocarla al pie del altar. La capilla, rectangular, tendrá unos 25 metros cuadrados. Sin ventanas. En el centro, un altar enorme.Encima un mantel blanco y seis velas encendidas, amén de una gran Cruz de Trinidad, apenas iluminada por la luz mortecina de un halógeno. Al fondo, la imagen de un Pantocrátor iluminado y el Santí*simo. En un lateral, una imagen de la Virgen con el Niño en brazos.
Nada más entrar en la capilla, madre e hija se preparan para el rito. Marta se pone unos calcetines blancos, mientras su madre saca del bolso un rosario, un crucifijo de unos 15 centí*metros y una postal de la Virgen de Fátima, y los coloca al lado de la colchoneta. Trato de registrar el más mí*nimo detalle en mi mente. Sigo pensando que asisto a un montaje. Marta se recuesta en la colchoneta boca arriba, mirando a la cruz. Marí*a se arrodilla a su lado, una postura que no abandonará durante las siguientes dos horas y media. El padre Fortea reza un rato de rodillas, se quita la sotana, bebe agua y se sitíºa sobre el extremo de la colchoneta más alejado del altar.
Presiento que el rito va a comenzar. Me siento, expectante, en el banco. El exorcista extiende su mano derecha y la impone sobre el rostro de la joven, sin tocarla. Luego, cierra los ojos, agacha la cabeza y susurra varias veces una plegaria ininteligible.Un alarido desgarrador, el primero, rompe el silencio de la capilla, penetra en mi alma y me pone la carne de gallina. No es humano. Es un chillido sobrecogedor y profundo el que sale de la garganta de Marta. Pero no puede ser ella. No es su tono de voz. Es ronco y masculino. El padre Fortea sigue rezando y los rugidos se suceden.Poco a poco, el cuerpo de la joven se estremece vivamente. Su cabeza se mueve de un lado a otro con lentitud al principio, con inusitada rapidez después.
«SAL, ZABULON »
Ante la salmodia del exorcista, la joven gime y se retuerce sin parar. Al instante, el gemido se convierte en rugido desgarrador, altí*simo, furioso. El exorcista acaba de colocar el crucifijo sobre su vientre y entre sus pechos, mientras la rocí*a con agua bendita. Patalea con tanta furia que el crucifijo se cae y la madre lo recoge una y otra vez y se lo vuelve a colocar de nuevo, mientras le acerca el rosario que Marta arroja a lo lejos, con furia. Parece tranquilizarse un poco pero, inmediatamente, vuelve a rugir. No hay un momento de respiro. El padre Fortea acaba de invocar a san Jorge y, al oí*rlo, la joven grita, bufa, pone los ojos totalmente en blanco, arquea el cuerpo y se levanta toda entera un palmo de la colchoneta. No doy crédito.
-Besa el crucifijo, dice el exorcista.
-No.
-Jesíºs es Rey.
-Assididididaj.
-Secuaz de Satanás, estás en tinieblas.
-Assididididaj
-Estás haciendo mucho bien. Por tu culpa, mucha gente va a creer en Dios.
-No.
-Sal, Zabulón, te lo ordeno en nombre de Cristo. Te espera la condenación eterna. No hay salvación para ti.
Mientras el padre Fortea sigue conminando a Zabulón, las manos de la joven se han ido transformando. Son como garras. El exorcista arrecia sus plegarias y sus exhortaciones: «Hoy es el dí*a. Sal, Zabulón. Sal de esta criatura en nombre de Dios ». La joven se desata en temblores. Los gritos se elevan hasta el espanto. Y con voz ronca dice: «Asesinos ». Es entonces cuando el padre Fortea le pregunta por qué no sale y Zabulón le contesta: «Para que la gente crea en Satanás ».
Agotado, tras hora y media de lucha, el exorcista se levanta y sale de la capilla. Esto no puede ser una impostura ni un montaje.Hay que tener muchas agallas para dedicarse a esto. Y menos mal que los casos de posesión, segíºn cuenta después el padre Fortea, son muy pocos. Él lleva cinco años ejerciendo y sólo ha tenido cuatro en España. Pero, mientras preparaba su tesis, asistió a otros 13 exorcismos. Se nota que tiene práctica: manda, templa, insiste y, con voz suave pero enérgica, tortura al diablo sin piedad. Con lo que más le duele. Siempre en nombre de Dios. No parece tener miedo alguno. Y eso que ya sabe lo que es ser atacado por Satanás. Una vez, en un exorcismo, dice que el diablo le hizo sentir la misma sensación y el mismo dolor que el que lleva un puñal clavado en el brazo.
Fortea sale de la capilla y mi corazón se acelera, pensando qué puede ocurrir ahora sin la presencia tranquilizadora del exorcista.Pero no pasa nada. O sí*. Marí*a, la madre, coge las riendas del rito y comienza a repetir las mismas o parecidas frases del exorcista.Con calma, pero con decisión, parece no dirigirse a su hija, sino al Maligno que la posee:
-En nombre de Cristo te ordeno que salir.
-No.
-Abre los ojos y mira a la Virgen, le increpa mientras pone a su vista una postal de la Virgen de Fátima. Pero, por toda respuesta, obtiene un bufido. Entonces coge el crucifijo.
-Es tu Creador, ¿lo ves?
-Sí*, dice la voz de ultratumba acompañada de rugidos y bufidos constantes.
-Mí*ralo, Zabulón, no te resistas. Sabes que es tu dí*a y tu hora.Ha llegado tu dí*a y tu hora.
-Noooo...
- ¿Por qué te resistes?
-Estoy harto. Ya te lo dije muchas veces.
-Di a esos señores por qué no te vas.
-Uhhhh.
-Dí*selo claramente.
-No quiero.
-Dí*selo en nombre de Cristo
-Para que crean en Satanás.
-San Jorge, ven. san Jorge, ven. Ven, san Jorge. Sal de ella san Jorge.
La posesa se detiene un segundo, sonrí*e y dice, con sorna:
-Sal, san Jorge...
Coge al vuelo el error de la improvisada exorcista y lo mismo hará, un rato después, con una pequeña equivocación del padre Fortea. Pero Marí*a no se da por vencida. Es una auténtica Dolorosa al pie de la cruz de su hija poseí*da. Me da tanta pena que también yo me arrodillo y, entre lágrimas, suplico a Dios (por lo bajo, no me atrevo a intervenir más directamente) que, por lo que más quiera, libere a Marta. Mi compañero hace lo mismo. Hací*a tiempo que no rezaba con tanto fervor.
Entonces entra de nuevo el exorcista, coge una cajita con hostias consagradas del sagrario y se coloca delante de la joven:
-Mira al Rey de Reyes y arrodí*llate ante Él.
-No.
-Siervo desobediente y rebelde, arrodí*llate, repite el padre Fortea, mientras exhibe la hostia consagrada.
-Asesino, déjame.
-San Jorge, haz que se arrodille.
Y como un resorte, ante la mención de san Jorge, la posesa se arrodilla y el padre Fortea le hace abrir la boca para que reciba la sagrada comunión. Y continíºa torturando al diablo que anida en Marta. Tras darle la comunión, coge una Biblia y recita el Apocalipsis: «Entonces el diablo fue arrojado a la lengua de fuego y azufre... allí* será atormentado dí*a y noche por lo siglos de los siglos ». Y hace repetir al diablo frase por frase.
-Repite: Cuánto más me hubiera valido seguir a la luz.
-Cuánto-más-me-hubiera-valido-seguir-a-la-luz, repite a regañadientes y arrastrando cada palabra.
Y así* durante un buen rato. El exorcista parece un maestro que enseña a un niño rebelde, que repite a la fuerza, entre bufidos y alaridos, frases como éstas: «Señor, tíº eres Rey. Yo soy tu criatura. Nada escapa a tu poder. Eres el Alfa y Omega... »
-Ya no más. Me estoy cansando, gruñe.
Pero el padre Fortea arrecia en su acoso, coge un banquito y se sienta ante la posesa con un crucifijo en la mano. «Hic est dies », repite con fuerza. Por un momento, creo que lo va a conseguir.
-Cuanto más tardes en salir, más gente creerá en Dios. Eres un predicador de Dios. Acércate, siéntate y besa a Cristo crucificado. Dale un beso de respeto y homenaje.
Como zombi, Marta se sienta y se acerca a la cruz. Tiene los ojos en blanco y echa espumarajos por la boca, pero besa el crucifijo. Entonces Fortea la coge suavemente por un brazo, le hace levantar y la obliga a recorrer la capilla y besar a la Virgen y al Sagrario.
-Aquí* está Dios. Repite siete veces: Iesus, lux mundi. La posesa repite, pero al terminar le lanza una mirada como de fuego y le dice:
-Asesino, déjame, no puedo más. Pero el exorcista continíºa un buen rato.
Ha pasado otra hora. Fortea se toma un respiro. «Ahora usted », le dice a la madre. Y sale de la capilla. Y Marí*a se inclina sobre su hija y comienza a increpar a Zabulón:
-Tienes que dejar esta criatura. Por la sangre de Cristo, déjala ya. Sus ángeles están con ella. Vienen los tres arcángeles. La Virgen te va a aplastar la cabeza...
Zabulón sigue bufando y retorciéndose, pero no parece que esté dispuesto a irse. Al rato entra de nuevo el padre Fortea:
- ¿No temes la sentencia de Dios?
-Sé cual es, grita desgarrada.
SOLOS CON LA ENDEMONIADA
El padre Fortea mira a la madre: «No se va a ir. Dejémoslo por hoy ». Se levanta y se va. Los gritos se detienen en seco. Noto cierta decepción en el rostro de Marí*a. Me da la sensación de que esperaba que fuese hoy. Ha pasado casi tres horas de rodillas, pero en su cara no hay signos de cansancio, sólo de cierta desilusión.Recoge con paciencia la estampa de la Virgen y el crucifijo y sale de la capilla. Mi compañero y yo nos quedamos solos con la endemoniada. Unos segundos que se hacen eternos. Nos hemos quedado pegados al banco, sin respiración. De pronto, se vuelve hacia nosotros, abre los ojos (que ha mantenido en blanco durante tres horas) y nos lanza una mirada que no olvidaré mientras viva.Sus ojos son de otro mundo. Nunca vi algo así* en mi vida. Al instante, la mirada vuelve a ser la de Marta, que nos sonrí*e, se levanta con tranquilidad, se sienta en el banco y se quita los calcetines blancos que dobla con sumo cuidado. Noto que apenas suda, a pesar de las tres horas de ejercicio continuo. Se pone los pendientes y nos vuelve a sonreí*r.
- ¿Cómo éstas?
-Cansada
- ¿Sabes lo que ha ocurrido?
-No, no recuerdo. Y mientras nos habla, coge la estampa y el crucifijo, a los que hace un rato tanto odiaba, y los besa con cariño.
- ¿Te duele la garganta?
-No.
Y su voz es tan suave como cuando llegó. Nadie dirí*a que por esa misma garganta salieron aullidos durante tres horas.
- ¿Sabes por qué estás aquí*?
-Sí*, eso lo sé. Sé que tengo...
No termina la frase. Respetamos su silencio. Salimos y nos sentamos en un salón contiguo los cinco. Marta está tranquila. Vuelve a ser la chiquilla tí*mida de antes. «Todas las noches », nos cuenta Marí*a, «antes de acostarme cojo el crucifijo, del que nunca me separo, y bendigo mi habitación: «En nombre de Dios, malos espí*ritus salid de esta habitación. Y ella, antes de acostarse, siempre me pregunta: " ¿Mamá, has bendecido la habitación?" » Pero aíºn así* pasa miedo. Como cuando las manos de su hija se convirtieron en garras al tocar la cruz o cuando la persigue con los dedos abiertos, en forma de cuernos, para clavárselos en los ojos. «Siempre amenazas que, afortunadamente, nunca cumple ».
Y antes de despedirse, repite una síºplica: «Que se conciencien la gente y los obispos. Que haya muchos más exorcistas ». Abraza a su hija, se suben las dos al coche del padre Fortea y se van. Marta se vuelve y nos mira. Sus ojos son el grito de angustia del esclavo encadenado. El padre Fortea queda en llamarme cuando se produzca la liberación definitiva.
Rezo por Marta y por su madre. Lo que vi no es un montaje.
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Recogemos a continuación un comentario de ZENIT a esta noticia:
La crónica de un exorcismo sorprende a la opinión publica española
Narrada por un periodista de «El mundo », que se confesaba incrédulo
MADRID, 23 septiembre 2002 (ZENIT.org).- El especialista en temas religiosos del diario «El mundo », José Manuel Vidal, acudió, «incrédulo », al exorcismo que iba a realizar un sacerdote autorizado por el Vaticano y salió conmocionado escribiendo una crónica que ha sorprendido a la opinión píºblica española.
«El exorcismo que yo viví* en Madrid » es el tí*tulo del artí*culo que apareció este domingo en el periódico, que alberga con frecuencia artí*culos de tono anticlerical. Vidal, junto al especialista de temas religiosos de la agencia de noticias EFE, presenció el exorcismo realizado en Madrid por el padre José Antonio Fortea, párroco de 33 años de Nuestra Señora de Zulema.
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